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jueves, 13 de octubre de 2011

Era un precioso atardecer

Era un precioso atardecer, caminaba descalzo por la orilla de un mar que conocía desde niño, seguía esta ruta con frecuencia, motivado por el resplandecer de un sol imponente y majestuoso, que por momentos parecía danzar con las olas de aquel lugar, al ritmo de una canción que habla del amor, sin que jamás sea necesario, oír decir, esa bella palabra.

Espere sentado a que llegara el anochecer, miraba sonriente como lentamente el sol descendía en el horizonte, un par de gaviotas jugueteaban en el cielo rojizo, y al elevar mi rostro para contemplarlos, pude percibir un conjunto de cosas, que de alegría llenaron mi corazón.

Primero sentí como la brisa del mar traía desde las olas hasta mi nariz, el dulce aroma de una rosa, el olor quizás de un ángel que estaba por bajar, luego pude ver gracias a los últimos destellos del sol, como las nubes formaban la silueta de una princesa siempre sonriente, portadora de una hermosa cabellera negra, por ultimo y cerrando los ojos, pude en el susurro del viento, oír la voz del ángel cantando la misma canción, con la que el sol parece danzar, con las olas del lugar, esa canción que habla del amor, aunque nunca diga la palabra.

Era muy joven para comprender lo que el sol, el mar, la brisa y el viento, querían decirme con desesperación. Al pasar los años, al verte nacer, comprendí finalmente, el porque estaban tan ansiosos de contarme, lo bella que tu serias, lo hermoso que cantarías, y lo lindo que pasaríamos. No pasa un día, que deje de agradecerle a Dios, por haber permitido que uno de sus angelitos, viniera hacernos la vida tan bella, espero yo también, poder hacértela a ti mi hermosa piyica.

Por cierto, si te preguntas cual es esa canción de la que tanto he hablado en esta carta, es la misma con la que siempre te Hacia dormir, la misma que te permite sentir cuanto te amo, aunque en toda la canción, nunca diga cuanto lo hago.

PERO YO SE QUE ES MENTIRA, YO SE QUE ES MENTIRA, POR LA SINCERIDAD CON QUE TUS OJOS ME MIRAN.

Con amor sincero,

Tu papito.

LA CANCIÓN DEL CORAZÓN.

Había una vez un hombre que se casó con la mujer de sus sueños. Con su amor, ambos crearon una niñita, una pequeña radiante y alegre, a quien el gran hombre amaba mucho.
Cuando ella era muy pequeña, él solía levantarla, entonaba una melodía y bailaba con ella por la
habitación, diciéndole:
—Te amo, mi niña.
La niñita fue creciendo, y el hombre la abrazaba y le decía:
—Te amo, mi niña.
Ella se enfurruñaba y decía:
—Ya no soy una niña.
Entonces el hombre se reía, diciendo:
—Para mí, tú siempre serás mi niña.
La niña, que ya no era una niña, se fue de casa para descubrir el ancho mundo. A medida que se
conocía mejor a sí misma, conocía mejor al hombre. Entendía que él era verdaderamente grande y fuerte, porque ahora reconocía sus virtudes. Una de ellas era la capacidad para expresar su amor a su familia.
No importaba dónde estuviera ella en el mundo; él la llamaba para decirle: «Te amo, mi niña».
Llegó un día en que la niña, que ya no era una niña, recibió una llamada telefónica. El gran hombre estaba enfermo. Le dijeron que había tenido un ataque y estaba afásico. Ya no podía hablar y no estaban seguros de que entendiera lo que se le decía. Ya no podía sonreír, ni reír, ni andar, abrazar, bailar ni expresarle su amor a la niña, que ya no era una niña.
Entonces regresó al lado del gran hombre. Cuando entró en la habitación y lo vio, le pareció
pequeño y nada fuerte. El la miró e intentó hablar, pero no pudo.
La niñita hizo lo único que podía hacer. Se tendió en la cama, junto al gran hombre. Las lágrimas
brotaban de los ojos de ambos, y ella abrazó sus hombros paralizados.
Con la cabeza apoyada en el pecho del enfermo, ella pensó en muchas cosas. Se acordó de los
momentos maravillosos que habían pasado juntos y de cómo siempre se había sentido protegida y amada
por el gran hombre. Sentía dolor por la pérdida que habría de soportar, por las palabras de amor que la habían reconfortado.
Y entonces oyó, en el pecho de él, el latido del corazón. El corazón donde
habían vivido siempre la música y las palabras. El corazón seguía latiendo tercamente, despreocupado del daño que sufría el resto del cuerpo. Y mientras ella descansaba, se produjo un momento mágico.
Ella oyó lo que necesitaba oír.
El corazón iba latiendo las palabras que la boca ya no podía pronunciar...
Te amo, mi niña.
Te amo, mi niña.
Te amo, mi niña...
Y se sintió consolada.

Patty Hansen